El actor y director teatral Claudio Barbas forma parte de La Nave de los Locos y Loconas, montaje escrito y dirigido por el dramaturgo chileno Andrés del Bosque. La obra llegará al Teatro Sidarte entre el jueves 19 y el domingo 22 de noviembre, luego de presentarse principalmente en la Quinta Región.
Claudio Barbas es actor, director teatral, músico y docente chileno. Es licenciado en Ciencias y Artes Musicales y profesor de Música por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, además de licenciado en Actuación y actor profesional por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Su trayectoria ha estado ligada especialmente al teatro, la música, la comedia del arte, el clown y la bufonería. En 1998 fundó Teatro Pequeño Clan, compañía con la que ha investigado la comedia del arte y ha participado en festivales internacionales en países como Colombia, España, Perú, Argentina y Chile.
La nave de los locos y loconas aborda la historia de una familia Selk’nam secuestrada en 1889 para ser exhibida en Europa en los llamados “zoológicos humanos”. Desde una mirada satírica, la obra invierte la violencia histórica y pone a los propios catadores tras las rejas, utilizando el teatro, el circo, la musica en vivo y la bufonería para reflexionar sobre la memoria del pueblo Selk’nam, el abuso colonial y la relación actual de Chile con sus pueblos originarios en la sociedad chilena.
¿Cómo describirías La nave de los locos y las loconas a alguien que todavía no conoce la obra?
La Nave de los Locos y Loconas es un acto de justicia poética donde una familia Selk’nam, secuestrada en 1889 para ser exhibida en la Exposición Universal de París en los llamados “zoológicos humanos”, trae en jaula a sus propios captores para exponerlos a la opinión pública.
La obra tiene un propósito satírico: reírnos del abuso perpetrado por colonos occidentales que se consideraban superiores a nuestros pueblos ancestrales. Así, las carcajadas instalan una paradoja, porque los Onas, que fueron llevados en jaulas para conmemorar los 100 años de la Revolución Francesa y sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad, presentan ahora a los responsables del genocidio Selk’nam ante una audiencia que se sorprenderá de verlos tras las rejas.
¿Por qué crees que es importante llevar esta temática al teatro hoy en día?
Creo que es importante porque nos conecta con la memoria de este pueblo ancestral del sur de Chile. También invita al espectador a descubrir un tesoro cultural oculto: la tradición de los payasos sagrados, que existe desde hace más de 11 mil años. Nuestro objetivo es mostrar las conexiones del teatro y el circo a través del ritual de la ceremonia del Hain, de tal manera que el humor y la risa puedan generar cohesión social a través del diálogo intelectual.
¿Qué fue lo que más te llamó la atención al recibir la invitación para participar en este montaje?
Lo que más me llamó la atención fue trabajar con Andrés del Bosque. Yo ya lo conocía desde hace muchos años, desde la época en que era estudiante de teatro, por allá por 1994, cuando él estrenaba “Las siete vidas del Tony Caluga.”
Después nos encontramos en varios lugares, no solo en Chile, sino también en Cali y en Río de Janeiro, donde hice un taller de bufonería que él impartió dentro de un festival internacional de clown. En esta ocasión, por primera vez, tuve la posibilidad de trabajar junto a él en un montaje profesional y conocer su metodología de puesta en escena. Eso fue lo que más me motivó a aceptar la invitación.
¿Cuál es tu rol dentro de la obra?
La obra es interpretada por diez artistas escénicos que conformamos una banda de bufones Selk’nam. Cada uno representa un espíritu Selk’nam. En mi caso, como actor, represento al espíritu Shénu.
Pero, por otro lado, también represento a José Menéndez, un español de Asturias que era llamado “el Rey de la Patagonia”. Además, participo como músico dentro de la obra tocando acordeón, guitarra y trompeta.
¿Qué desafíos implica representar una historia tan sensible, vinculada a la memoria y la identidad de un pueblo indígena?
El desafío es grande. Por un lado, se trata de hacer memoria sobre lo que pasó con este pueblo ancestral, traerlo al presente y hacerlo visible. Pero, por otro lado, tomamos un riesgo: esta historia es contada por una banda de bufones y, al mismo tiempo, nos estamos riendo de todo.
Eso puede afectar al espectador en su sensibilidad más profunda y, justamente por eso, permite tomar conciencia sobre lo que hacemos actualmente con nuestros pueblos indígenas, que siguen siendo maltratados por nuestra sociedad de una u otra forma. Muchas veces no les damos el valor que tienen dentro de nuestra nación.















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